From: Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America
17.1 (1997): 46-61.
Copyright © 1997, The Cervantes Society of America
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EDWARD C. RILEY |
iguel de Cervantes, como sabe
todo el mundo, publicó cinco libros de prosa narrativa: La
Galatea, la Primera Parte de Don Quijote, las Novelas ejemplares,
Don Quijote Parte Segunda, y Persiles y Sigismunda, obra
póstuma. Cualquiera que fuera la combinación de razones que
le motivaron a componer cada una de estas obras, había en cada caso
un estímulo particular. Este es casi siempre evidente, y las más
veces, aludido de modo explícito. El estímulo era una obra
u obras anteriores de tipo más o menos parecidas a la obra cervantina.
Cervantes leía con avidez, y tal vez más que otros sabía
que la literatura era un océano de intertextualidad. Quiero hablar
de dos solamente de estos estímulos en relación con las obras
afectadas. Pero permítanme algunas breves palabras muy de paso a
propósito de las demás.
La Galatea estas primicias
de mi corto ingenio la llamaba su autor sin duda debe la existencia
mucho más a la moda contemporánea de lo pastoril que a cualquier
estímulo antiguo. Como autor bisoño querría distinguirse
en el campo tan de moda del libro de pastores, mezcla de prosa y verso. Por
cierto, habla de la ocupación de escrebir églogas
y hace mención de las églogas del príncipe de la
poesía latina, Virgilio,1 pero es probable
que tenía la conciencia
1 Cervantes,
La Galatea, ed. J. B. Avalle-Arce. Madrid: Espasa-Calpe, 1961,
prólogo, t. 1, 5, 8.
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genérica menos desarrollada que el sentido narrativo en esta época
de su vida.
El caso de la Primera Parte de Don Quijote
es muy distinto desde luego. Nace de unas reflexiones sobre los libros de
caballerías. Pero ocurre un desplazamiento y estas reflexiones se
convierten en agentes de la acción narrativa dentro de la ficción.
El tema es demasiado grande para incluirse como parte de esta comunicación;
además ha sido tratado por otros desde varios puntos de vista, e incluso
por mí mismo. Por eso no voy a decir más aquí. Lo mismo
en cuanto a la Segunda Parte del Quijote: excepto para recordar que
en este caso el estímulo no viene de los libros de caballerías
tanto como de la Primera Parte del mismo Quijote.
Tampoco es necesario detenerme en la
colección de las Novelas ejemplares. Basta acordarnos de que
Cervantes reclama el premio de la originalidad por escribir novelas cortas
en lengua castellana, mientras que reconoce la prioridad histórica
de las ya escritas en lenguas extranjeras, refiriéndose tácitamente
sin duda a los novellieri italianos como Bocaccio, Bandello, Giraldi
Cinthio y otros.2
Quedan las dos obras que quiero considerar
en este contexto. La última Novela ejemplar, el Coloquio
de los perros, y después la última obra escrita por Cervantes,
Persiles y Sigismunda.
El Coloquio de los perros tiene un
parentesco con sus antecedentes casi tan complejo como el de Don Quijote
con los suyos, aunque de tipo distinto.3 Se
complica la cuestión por tener el Coloquio una conexión
con la novela picaresca contemporánea, en especial Guzmán
de Alfarache. No me interesa este segundo aspecto ahora, salvo de manera
muy secundaria. De todas formas, ha sido muy estudiado. Lo que me importa
es que, para componer esta obra excepcional, Cervantes ha recurrido a los
antecedentes de la picaresca en la Antigüedad y a sus descendientes
inmediatos de mediados del siglo XVI. Son antecesores también de
Lazarillo de Tormes, lo cual no es ninguna casualidad.
Las obras a las que me refiero son las siguientes:
la Metamorfosis o el Asno de oro de Lucio Apuleyo (siglo 2 después
de Cristo),
2 Cervantes,
Novelas ejemplares, ed. J. B. Avalle-Arce. Madrid: Castalia, 1982,
prólogo, t. 1, 64-5.
3 Un estudio
más detallado de este asunto se encuentra en E. C. Riley, The
Antecedents of the Coloquio de los perros en Negotiating
Past and Present. Readings in Spanish Literature presented to Javier
Herrero, ed. David Gies, en prensa. La edición del Coloquio
de los perros a la que me refiero es la de Avalle-Arce en el tomo 3 de
las Novelas ejemplares citadas en la nota anterior.
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traducido por Diego López de Cortegana
(1525).4 Los diálogos de Luciano de
Samosata, en versión latina, española o italiana del Renacimiento.
El diálogo de El crotalón (atribuido a Cristóbal
de Villalón).5 Y finalmente, la historia
de Falcheto incluido en el Baldo, libro de caballerías libremente
basado en el Baldus, largo poema en latín macarrónico
de Teófilo Folengo.6 En estas obras
se encuentran una u otra de las dos características más llamativas
del Coloquio de los perros. Primero, la particularidad formal de que
la obra se sirva de la forma dialogada; y segundo que los
interlocutores-protagonistas sean animales.
Entre los antecedentes, la única obra
que Cervantes con toda seguridad leyó es el Asno de oro: la
bruja Cañizares se refiere explícitamente a esa novela en el
Coloquio. No es tan fácil demostrar su conocimiento de ningún
diálogo particular de Luciano, pero muchos de ellos le eran accesibles.
Su prestigio, y la semejanza que se puede ver entre ciertas preocupaciones
e inclinaciones irónicas de Luciano y Cervantes son tales que la afinidad,
al menos, no puede ponerse en duda. La divulgación del diálogo
lucianesco por medio de Erasmo y sus discípulos españoles refuerza
la conexión. El Crotalón, basado directamente en el
diálogo de Luciano, El sueño o El gallo, tiene que incluirse
entre los antepasados del Coloquio, a pesar de que quedó sin
publicar, de modo que es muy poco probable que Cervantes lo leyera.
En cuanto a la breve historia de Falcheto,
es posible que Cervantes leyó el Baldo (Sevilla, 1542), aunque
al parecer el libro era raro y no muy conocido. Sus cualidades y su gran
interés histórico fueron plenamente expuestos por Alberto Blecua
hace unos veinte años.7 La breve historia
de Falcheto trata de uno de los compañeros de Baldo, transformado
en perro por la brujería, y después restituido a su forma humana
de manera bastante imperfecta, pues quedó con piernas caninas
detalle que a Folengo se le olvidó explicar, defecto remediado
aquí por el autor español.
El sueño o El gallo y El
crotalón son los únicos diálogos entre los antecedentes.
Y ambos contienen una narrativa central, aunque muy
4 Lucio
Apuleyo, La metamorfosis o El asno de oro, trad. de Diego López
de Cortegana. Madrid: Calpe, Colección Universal, 1920.
5 Cristóbal
de Villalón, El crotalón, ed. A. Cortina. Madrid:
Espasa-Calpe, Austral, 1973.
6 Véase
abajo la nota 7.
7 Alberto Blecua,
Libros de caballerías, latín macarrónico, y novela
picaresca: la adaptación castellana del Baldus (Sevilla,
1542), Boletín de la Real Academia de Buenas Letras de
Barcelona, 35, 1972, 145-239.
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fragmentada, que se refiere a las transformaciones de Pitágoras. En
realidad, es poco más que un apoyo para el comentario
satírico-filosófico sobre la sociedad y la moralidad humanas.
En cambio, la historia autobiográfica de Berganza es la columna vertebral
del diálogo de los perros; tiene coherencia y entereza narrativas
a pesar de las repetidas interrupciones de uno u otro de los interlocutores.
Por supuesto, la intención de cada uno de los diálogos anteriores
es distinta, por ser la de un escritor satírico, no de un novelista.
El éxito de Cervantes es doble. En primer
lugar es el de haberse dado cuenta de que hay una segunda voz que critica,
comenta e interpreta, y que tiene un papel ineludible en el proceso creativo
de la novela. Segundo, es su aprecio por la importancia de la observación
y comentario sociales procedentes de los diálogos satíricos.
Me inclino a creer que la originalidad del Coloquio consiste
principalmente en la comprensión del potencial de estos componentes.
El subtítulo de su novela ejemplar, novela y coloquio que pasó
entre Cipión y Berganza resulta como una desconstrucción
de la novela, pues separa en cierta medida la función narrativa y
la comentadora. Aclara el problema puesto en relieve por Mateo Alemán
en Guzmán de Alfarache al diferenciar las voces del
narrador-protagonista y del narrador-comentador-pícaro-reformado sin
dejar de atribuirlas a una sola persona. No digo que el Coloquio soluciona
el problema para el novelista, pero era un experimento notable, el cual reconoce
formalmente la potencialidad y problemática de esta enorme dimensión
comentadora de la novela moderna.
La bimembración de la obra cervantina
efectuada por la forma dialogal no es todo, ni mucho menos. El coloquio de
Cipión y Berganza se muestra en trabazón con otras narraciones,
o bien formando parte de ellas dentro del marco Casamiento-Coloquio.
El diálogo perruno es algo que ocurrió a Campuzano, quien lo
escuchó, o lo soñó, o lo inventó, y lo comunicó
por escrito a su amigo Peralta. Esta amistad pertenece a otra historia no
narrada . . . Y allí vamos a dejarlo.
Cervantes cambia y realza la participación
de los dialogantes en comparación con la de Micilo y el Gallo. Micilo
tiene casi siempre el papel de oyente y discípulo del Gallo (anteriormente
Pitágoras). En el Coloquio Cipión es quien escucha la
narración, pero no es nada pasivo; al contrario, adopta una actitud
crítica, benévola pero autoritaria. Interviene con comentos
y críticas, y toma una parte activa en la formación de la narrativa
de Berganza. Aumenta y enmienda detalles, y ayuda en la interpretación
de la historia. Así Cipión llega a implicarse en la
interpretación de los hechos, algunos de los cuales le afectan
directamente algo como el psicoanalista con su paciente.
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(¡Qué gran casualidad que el joven Sigmund Freud llegara a conocer
el Coloquio de los perros, y durante diez años llegara a escribir
a su amigo Silberstein firmándose
Cipión!)8 Según el alférez
Campuzano (quien sigue aquí a Cicerón), empleaba la forma del
diálogo para evitar repetir dijo Cipión, respondió
Berganza (p. 238). Es una razón nimia: las consecuencias eran
trascendentales.
El coloquio retiene algo del carácter
misceláneo de sus antecesores respecto a la conversación de
los perros. Guarda la libertad de movimiento entre los temas sin orden especial,
según los caprichos de los que hablan. Recuérdese que los
años del Crotalón lo eran también de las famosas
misceláneas, encabezadas por la Silva de varia lección
de Pedro Mexía. Era otra corriente literaria en aquellos años
fértiles de mediados del siglo XVI. Pero el contenido desordenado
se justifica no sólo por la espontaneidad de la conversación,
sino además por otro recurso presente en los diálogos de Luciano,
el Crotalón y el Coloquio. Me refiero al sueño.
Es un componente de importancia, al que vuelvo dentro de poco.
El elemento misceláneo representa una
interrupción repetida en el progreso de la autobiografía de
Berganza por vía de reparos, elaboraciones, asociaciones, etcétera.
Por consiguiente, Cipión reprocha constantemente a su compañero
las digresiones (Basta, Berganza, vuelve a tu senda y camina
p. 254). Con esto, efectivamente se abre la cuestión infinita
de la pertinencia, y los límites y la naturaleza de la narrativa.
Otra característica del Coloquio,
heredada en parte al menos del diálogo satírico y del Asno
de oro, novela también satírica, es el retrato panorámico
y pesimista de la sociedad humana. El mundo pintado suele ser brutal,
engañoso y miserable. El peor de todos, a mi parecer, es el Asno
de oro con su mundo espantoso de homicidio, rapiña y lascivia,
presidido por la nigromancia. Pero, por cierto, el de Falcheto no es mucho
mejor; tampoco el del Crotalón. Huelga hacer comparaciones
con el Coloquio cervantino. Basta recordar que la vida de Berganza
empieza (según él) en un matadero sevillano, llega al punto
culminante en la casucha de una bruja y termina en un hospital de
sifilíticos.
Con todo, recordemos que a pesar de su
misantropía la sátira siempre, o casi siempre, tiene un aspecto
humorístico. La novela de Apuleyo se consideraba como cómica,
desde puntos de vista importantes,
8 Véase
E. C. Riley, Cervantes, Freud and Psychoanalytic Narrative Theory,
Modern Language Review, 88, 1993, 1-14, y
Cipión writes to Berganza in the Freudian
Academia Española, Cervantes, 14,
1994, 3-18.
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por ejemplo las incongruencias de comportamiento del hombre-bestia. La historia
de Berganza por supuesto contiene sucesos cómicos (cf. el episodio
del alguacil y el bretón); y el tono bastante festivo de la
conversación de los perros sirve para aliviar la lobreguez.
La novela de Apuleyo además es cómica
en el sentido tradicional de tener una conclusión feliz. Lucio se
redime de su condición bestial, se convierte al culto religioso de
Osiris y se le recibe en el sacerdocio. Berganza y Cipión son menos
afortunados. Las condiciones para convertirse en hombres, anunciadas por
la bruja, no les son de ayuda alguna. Sin embargo, su retiro del mundo vicioso
de los hombres para dedicarse al servicio de los menesterosos es una especie
de salvación feliz y positiva.
En el Siglo de Oro español era muy raro
que la representación pesimista de la condición humana no se
viera sub specie aeternitatis. Caerse el hombre al estado de un animal
para luego elevarse como hombre sublimado era tema ideal para la alegoría
ejemplar cristiana. Termina López de Cortegana su traducción
de Apuleyo con las palabras:
Y en este envolvimiento de su historia se parecen y expresan nuestras costumbres y la imagen de nuestra vida continuada . . . para servir a Dios y a su Divina Majestad (p.383).
El segundo rasgo sumamente distintivo del
Coloquio de los perros, que he mencionado al principio, es la
asignación de los papeles de interlocutores y protagonistas a dos
perros. En las obras anteriores los personajes principales, a excepción
de Micilo, son híbridos de humano y animal, de un tipo u otro. El
Gallo ha sido humano (el filósofo Pitágoras, nada menos) antes
de morirse por primera vez. Lucio empieza como hombre, se metamorfosea, por
error, en asno y vuelve a ser hombre. Falcheto, hombre, es convertido en
perro, y de nuevo, pero de modo incompleto, en hombre. Berganza y Cipión,
según la Cañizares, han nacido de madre humana, y es de presumir
que fueron transformados antes de parir o durante el parto. Sobre este misterio
hay un gran punto interrogativo, pero evidentemente ya han recibido el don
de la palabra humana. Innecesario es insistir en la complicación y
suspenso creados por Cervantes con este fenómeno.
La justificación principal para las
inteligencias críticas de la idea fantástica de animales parleros
era la consagrada a la fábula esópica: a saber, que la doctrina
moral contenida bajo el disfraz de la ficción la rescataba de ser
disparate. Así el autor del Crotalón asegura a sus lectores
de la doctrina abscondida y solapada debajo de facecias, fábulas,
novelas y donaires que contiene (pról., p.23). Y al hablar
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de los grandes y muy admirables secretos y misterios . . .
en el meollo y interior de las ficciones mitológicas de los
poetas antiguos (c. 14, p. 198), seguramente se está muy cerca de
las verdades . . . dichas por señas, el
sabroso y honesto fruto y el misterio . . .
escondido, aseverados por Cervantes en el prólogo a las Novelas
ejemplares.9
Ni en las fábulas ni en los cuentos
de niños hace falta justificar las imposibilidades empíricas.
Pero aquí no se trata de fábulas ni cuentos de niños.
Aunque todas las obras bajo consideración siguen queriendo justificarse
moralmente, dan un paso en la dirección de la verosimilitud
novelística. Este paso se ve en que el prodigio de animales hablantes
parece exigir una explicación razonable, o por lo menos aceptable.
Para Pedro Ciruelo, en su Reprobación
de las supersticiones y hechicerías (1530), ver algún
animal bruto hablar como hombre en la lengua de los hombres que le
entienden era un effecto maravilloso sin causa física
conocida y por tanto sobrenatural.10 De acuerdo,
pero ¿qué clase de suceso sobrenatural? En los textos antecedentes,
como en el Coloquio mismo, se hace mención de tres.
Uno de ellos es el portento. Este puede
manifestarse bajo muchas formas distintas, pero a menudo es mediante un
comportamiento animal excepcional o contrario a la naturaleza. Cuando habla
el Gallo por primera vez, Micilo exclama: ¿El gallo habla?
¿Qué mal agüero o monstruoso prodigio es
éste?11 Se veía el portento
como señal divinamente ordenada de sucesos extraordinarios inminentes.
Opina Cipión que este nuestro hablar tan de improviso cae debajo
del número de aquellas cosas que llaman portentos, las cuales,
. . . tiene averiguado la experiencia que alguna calamidad grande
amenaza a las gentes (p. 243). La idea se mantiene intacta hasta el
final del coloquio por la profecía de la Cañizares, según
la cual los perros no han de recobrar la forma humana hasta que los soberbios
sean derribados y los humildes alzados (p. 294). Esto parece indicar o el
Día del Juicio o la Revolución Mundial. Al ser así,
el hablar de los perros sería un portento de gravedad insuperable.
Otra manera de someter lo fantástico
al dominio de la razón era desmaterializarlo revelándolo como
cosa soñada. En el diálogo de Luciano la misma palabra
sueño se incluye en el título como alternativa
9 Novelas
ejemplares, prólogo, 63-5.
10 Pedro Ciruelo,
Reprobación de las supersticiones y hechicerías, ed.
A. Ebersole. Valencia: Albatrós Hispanófila, 1978, 36.
11 El
crotalón, canto 1, p. 27.
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a gallo. El autor del Crotalón, en el prólogo
a la obra, a imitación de Luciano, se apropia del mismo recurso.
Cervantes, por supuesto, lo utiliza de manera mucho más variada y
sugestiva. Deja siempre abierta la posibilidad de que Campuzano, sudando
sus catorce cargas de bubas en el hospital, hubiera soñado
el coloquio canino. La conversación ocurre en las horas silenciosas
de la noche. Duerme Campuzano mientras Peralta lee el manuscrito, para despertar
en el mismo momento en que se acaba la lectura. Finalmente, se ofrece la
sugerencia borgesiana de que son los perros los que están
soñando.
La tercera explicación, y la principal,
es la metamorfosis. Esta, desde luego, es insuficiente por sí
y pide otra. En nuestros textos se encuentran dos. Una de ellas es la
reencarnación, que figura en el diálogo de Luciano, así
como en el Crotalón. No tiene nada que ver con el Coloquio
de los perros.
La otra sí. Es decir, la
transformación por medio de la brujería. La nigromancia estaba
desacreditada y condenada por la Iglesia, sin embargo, la creencia en ella
estaba muy difundida. Retenía un asidero en el mundo real como creencia
popular. Y como tal, ofrecía una explicación suficiente para
la suspensión de la incredulidad del discreto lector. (Aun entre las
autoridades se puede notar cierta inconsistencia o ambigüedad sobre
el tema.) La brujería es la causa explícita de la metamorfosis
de Lucio en asno y de Falcheto en perro. Es la explicación aparente
en el Coloquio, pero no es más que una posibilidad. Testimonio
de la habilidad de Cervantes como autor narrativo es que consigue presentar
esta idea a la vez como increíble y como la causa más probable
de la plática entre los dos perros.
Pero hay más: Cervantes cala más
hondo. Cañizares hace una comparación entre el medio de recobrar
Lucio la forma humana en el Asno de oro y el que ha propuesto ella
para Berganza. Dice:
| el cual modo quisiera yo que fuese tan fácil como el |
| que se dice de Apuleyo en el Asno de oro, |
| que consistía en sólo comer una rosa. Pero este tuyo |
| va fundado en acciones ajenas, y no en tu diligencia |
| (p. 295). |
Aquí, Cervantes pone el dedo en la dimensión social, tan importante en su novela corta y tan importante en la novela moderna. Para Lucio, la restitución de la forma humana es una experiencia particular y efectivamente religiosa. Como observa la bruja perspicaz, depende de él solo. En cambio, Berganza y Cipión tienen una dependencia absoluta de las acciones de otros en algún trastornamiento de los poderes terrenales. Su destino no puede separarse
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del contexto social. Por eso, los dos perros, al retirarse del mundo vicioso
de los hombres, se dedican a la protección del Hospital de la
Resurrección y a colectar limosna para mantenerlo. Esta inseparabilidad
del individuo de la sociedad, antes reconocida tácitamente en las
novelas picarescas, se cristaliza y se articula aquí con una claridad
única.
La deuda del Coloquio de los perros
está patente. Y también la novedad.
Paso ahora a Persiles y Sigismunda,
obra muy distinta, que plantea otras cuestiones.
Ninguna obra de Cervantes fue más anunciada
antes de su publicación que el
Persiles.12 La anunció cinco
veces: en el prólogo a las Novelas ejemplares, en el poema
del Viaje del Parnaso, en la dedicatoria de las Ocho comedias
y ocho entremeses, en la dedicatoria y en el prólogo de la
Segunda Parte de Don Quijote: o sea, cinco veces entre 1613 y 1615.
En vista de esta insistencia reiterativa, ¿no es un poco extraño
que ni en el prólogo ni en la dedicatoria del propio Persiles
haya una sola alusión a la obra misma? Hubiéramos esperado
alguna frase como Aquí tiene Vuestra Excelencia o
bien lector amantísimo este libro de Persiles
y Sigismunda, o algo por el estilo. Puede ser que Cervantes
seguía siendo tan ambivalente como siempre con respecto a sus esperanzas
por la recepción de la obra. Ya había declarado que había
de ser o el mejor libro de entretenimiento que en la lengua se había
compuesto, o bien el más malo pero no, eso no, sino todo lo
contrario según sus amigos.13 Está
claro que tenía a la misma vez grandes esperanzas y algunas dudas
acerca de este libro que se atreve a competir con Heliodoro
. . . si por atrevido no sale con las manos en la
cabeza.14 En realidad, no tenía
por qué preocuparse. Por lo que se refería a ediciones y
traducciones publicadas antes de 1630, el éxito del Persiles
no iba muy en zaga del Quijote.
La Historia etiópica de los amores
de Teágenes y Cariclea (para emplear el título de la
traducción de Fernando de Mena, probablemente la que leyó
Cervantes),15 obra maestra de Heliodoro,
había
12 Se
utiliza la edición de J. B. Avalle-Arce, Los trabajos de Persiles
y Sigismunda. Madrid: Castalia, 1969.
13 Don
Quijote, Parte II, ed. Luis Murillo. Madrid: Castalia, 1978, dedicatoria,
39.
14 Novelas
ejemplares, prólogo, 65.
15 Historia
etiópica de los amores de Teágenes y Cariclea, trad. por
Fernando de Mena, ed. Francisco López Estrada. Madrid: Aldus, 1954.
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llegado a ser considerada por humanistas y eruditos como paradigma de la
prosa narrativa de ficción. Y aquí está Cervantes quien
se presenta como competidor. Ocuparse con Heliodoro no era precisamente nada
nuevo. Aparte de las tres traducciones distintas de la obra que habían
salido antes del fin del siglo XVI, ya había dejado su influencia
en varias obras, tales como la Diana enamorada de Gil Polo e incluso
la Galatea del mismo Cervantes. Además, habían salido
tres adaptaciones o variaciones de la antigua novela bizantina o griega (con
su permiso voy a seguir mi preferencia por la palabra incómoda de
romance). Me refiero a la Historia de Clareo y Florisea de
Núñez de Reinoso (1552), la Selva de aventuras de
Jerónimo de Contreras (1565), y el Peregrino en su patria de
Lope de Vega (1604). En realidad, por lo que se refiere a innovadores dentro
del ámbito del género, debe ser Lope, no Cervantes, quien lleva
la palma de la victoria. Sin embargo, aunque el Peregrino es una obra
compleja e interesante, tiene menos afinidad aún que el
Persiles con la narrativa homogénea de Heliodoro que el
Persiles. Con sus numerosos versos, anécdotas, alusiones eruditas
y autos sacramentales, tiene muchas características de una
miscelánea. A pesar de las diferencias, la obra cervantina es
probablemente la mejor emulación de la Etiópica en la
lengua castellana.
De todas maneras, estaba en la vanguardia de
la moda del momento. Había una ola nueva del romance griego.
Hubo nuevas ediciones de la versión de Fernando de Mena en 1614, 1615
y 1616. En 1617 se publicó la traducción de Leucipe y
Clitofonte de Aquiles Tacio. Sin duda estas coincidencias contribuyeron
al éxito del Persiles. Y esta repentina actividad anunciaba
el comienzo de la época del romance heroico en Europa, sobre
todo en Francia.
Así como la intención declarada
de Cervantes de acabar con los libros de caballerías no da cuenta
entera del Quijote, tampoco competir con Heliodoro explica cómo
el Persiles llega a ser como es. Entre otros factores existe la
complicación a priori del conocido pasaje de Don Quijote
I, 47, en que el Canónigo de Toledo expone las cualidades positivas
latentes en el libro de caballerías. Como se sabe, el catálogo
de posibilidades ejemplificadas se parece a una descripción en borrador
de una obra muy similar al Persiles. La semejanza no tiene nada de
sorprendente. El razonamiento del Canónigo se deriva de la teoría
épica, tal como la exponen Torcuato Tasso, López Pinciano y
otros. Julio César Escalígero y El Pinciano describieron la
obra de Heliodoro como épica en prosa; y El Pinciano equiparó
la Etiópica con los poemas épicos y los romances
de caballerías:
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| los amores de Teágenes y Cariclea, de Heliodoro, y |
| los de Leucipo y Clitofonte, de Aquiles Tacio, son |
| tan épica como la Ilíada y la Eneida; y todos esos |
| libros de caballerías, cual los cuatro dichos poemas, |
| no tienen, digo, diferencia esencial que los |
| distinga, ni tampoco esencialmente se diferencia uno |
| de otro por las condiciones individuales.16 |
Los elementos que tenían en común
eran suficientes para definir el parentesco, sin que lo negaran las distinciones
genéricas, las cuales son innegables, naturalmente. Para no aludirme
a más que una, la heroína del romance griego suele
desempeñar un papel tan importante como el del héroe. Esto
no ocurre en los libros de caballerías hecho reflejado en los
títulos. (En el caso de Cariclea, puede decirse que Cariclea es más
importante que Teágenes.) De todas maneras, si Cervantes quería
perfeccionar el romance caballeresco, o si quería competir
con Heliodoro escribiendo otro romance griego, o las dos cosas, el
objetivo de mejorar el género del romance en general parece
muy probable.
Esto supone una constante vigilancia crítica
mantenida a través de la obra. La cual en efecto se verifica, por
lo menos como preocupación que se descubre repetidamente. El teorizar
literario, contrapesado a ratos con impulsos contrarios, se extiende por
la obra, después del primer libro. Como ejemplo, recuérdese
la larga narración por entregas de Periandro, que a veces corre casi
fuera de control, al parecer, pero que queda siempre contenida dentro de
una barrera crítica de comentarios elogiosos de parte de algunos (algunas)
y de quejas críticas de parte de otros, menos pacientes y más
escépticos (lib. II).
Por supuesto, el Persiles tiene puntos
de semejanza no sólo con la Etiópica, sino con otros
ejemplos del género griego. Sería posible encontrar razones
para jurar que Cervantes tenía que conocer a Querea y Caliroe
de Caritón de Afrodisia (siglo I), a no ser que no se publicara hasta
1750. En cuanto a las correspondencias con la obra de Heliodoro, hace ya
casi noventa años que Rodolfo Schevill las
notó.17 Desde entonces otros han aumentado
la lista. Desde el comienzo in medias res de ambas obras, se encuentran
sacrificios humanos, corsarios, naufragios, virginidades amenazadas, los
amantes
16 Alonso
López Pinciano, Philosophia antigua poética, ed. A.
Carballo Picazo. Madrid: 1953, t. 3, 165-6.
17 R. Schevill,
The Question of Heliodorus, Modern Philology, 4, 1906-07,
1-24, 677-704.
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disfrazados como hermano y hermana, y mucho más. A pesar de todo esto,
la Historia etiópica le sirvió a Cervantes más
como punto de partida que como plantilla.
Para cualquier lector desde la Antigüedad
en adelante el mundo del libro de Heliodoro está uniformemente remoto.
En cambio, el mundo del Persiles está dividido entre la Europa
del Sur civilizada, y un Norte semilegendario, en su mayor parte
bárbaro. Allí, más acá de última Tule,
varios nombres geográficos conocidos, como Golandia, Dinamarca e Ibernia,
se encuentran entre mares imaginarias sembradas de islas extrañas.
Son dos zonas, una conocida y la otra imaginada. Esta división es
temporal además de espacial. En el Norte reina un tiempo no precisado
históricamente, mientras que la Europa del Sur pertenece aproximadamente
a mediados del siglo XVI. Y esta doble separación de tiempos y de
espacios coincide finalmente con otra, literaria. La parte septentrional
y ahistórica corresponde al género romance y otros,
más o menos poéticos, afines. Y la parte meridional corresponde,
en términos generales, a la novela contemporánea.
Pero de igual interés y aún más
significativo tal vez es que hay un cruzar constante de un lado a otro de
este sistema bipartido. Primero en el sentido literal. Muy pronto en el primer
libro (cap. 5) la Europa contemporánea penetra en el Norte exótico
en la persona del bárbaro español Antonio. Poco
después le siguen un italiano, un portugués y otros. En sentido
contrario viajan Persiles y Sigismunda, los castos amantes peregrinos,
procedentes de la parte más lejana del Norte, rumbo a Roma, pasando
por Portugal, España, Francia e Italia.
Este atravesar de fronteras ocurre no sólo
de manera literal, sino metafórica también, entre otros tipos
de opuestos binarios. Así las pasiones desenfrenadas, productoras
de violencia y desórdenes entre los bárbaros se encuentran
de nuevo entre los europeos, con consecuencias destructoras para las vidas
individuales. La frontera entre bárbaros y civilizados ya apenas existe
en este respecto. Hasta la diferenciación de sexos se complica en
ciertos casos. Piénsese en el transvestismo de Auristela y Periandro
al principio de la obra (I, 1-4). Se interpenetran rasgos de romance
y realismo, y en algún caso extremado los héroes idealizados
se ven implicados en un episodio picaresco (el de Luisa la talaverana y
Bartolomé el mozo de mulas IV). Hay otros ejemplos menos obvios.
Como hace poco ha sostenido nuestro lamentado colega Maurice Molho, el
Persiles es más enigmático . . . más
sutil y complejo de lo que
parece.18 Hace medio
18 Les
Travaux de Persille et Sigismonde, ed. y trad. de Maurice Molho. Paris:
José Corti, 1994, 10.
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siglo, Joaquín Casalduero expuso de manera luminosa las polaridades,
correspondencias y simetrías barrocas de Persiles y
Sigismunda.19 La crítica postmoderna
ha ido demostrando cuánto tráfico hay entre ellas.
En el tiempo que me queda voy a limitarme a
dos aspectos de la creación cervantina en el Persiles. El primero
es el de la estructuración narrativa. Como era de esperar, ésta
se basa en la técnica de Heliodoro, pero va apuntando en direcciones
más cervantinas. En la Etiópica la historia principal
se complica por una fragmentación, consecuencia por la mayor parte
del comienzo in medias res. A causa de esto la narración sólo
se alcanza a sí misma en el quinto libro, hacia la mitad de la obra.
También hay otros trozos de historia dentro de la historia. Todo esto
facilitaba las peripecias y lances ingeniosos que hicieron las delicias de
Gracián. Pero en general, la obra consta de una sola trama centrada
en las aventuras de Teágenes y Cariclea, con una tensión casi
constante, sin desenlace hasta el final.
Cervantes también empieza en medio de
los sucesos, y en cierta medida despega la narración de los sucesos
de la secuencia cronológica. Pero se aleja de la técnica de
Heliodoro de un modo especial. Interrumpe la narrativa central (la que refiere
el viaje y trabajos de la pareja principal) con numerosos episodios externos
o novelas cortas (de hecho hay unos trece). Son historietas narradas por
un personaje, o presenciadas, o ambas. Se interrumpen y se reanudan, dando
lugar a una profusión de incidentes (profusión barroca, si
se quiere). Si perjudican de alguna manera el placer del lector, yo diría
que no es por confundirle, sino por embotarse el impacto de tantos golpes
de la fortuna rápidamente repetidos.
Esta técnica de acumular historias cortas
dentro de un marco narrativo global no es nueva para el lector de Cervantes.
Las del Persiles son más numerosas que las del Quijote,
pero no se incluyen tan a expensas de la narrativa principal como en la
Galatea. Lo que ha hecho Cervantes es escoger dos tipos de prosa de
ficción, el prestigioso romance griego y cierto número
de novelas cortas, género literario que tanto le deleitaba, y combinarlos
de una manera más compleja y quizás más lograda de lo
que antes creíamos. Tienen una pertinencia temática innegable,
como luego veremos.
El segundo aspecto es el del sentido subtextual,
o la interpretación metafórica o alegórica. Es posible
que, por no ser el lado
19
Joaquín Casalduero, Sentido y forma de Los trabajos de Persiles
y Sigismunda. Madrid: Gredos, 1975.
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idealizador del Persiles muy del gusto de los lectores de hoy, haya
una tendencia a rechazar la lectura literal a favor de otras más
esotéricas. Sea esto como sea, es cierto que el mismo género
del romance, con sus contrastes polarizados y su relativa exención
de las limitaciones empíricas, tiende a engendrar la alegoría.
Así por ejemplo en las grandes obras artúricas de la literatura
caballeresca. Como dijo El Pinciano del libro de Heliodoro, Si quisiesen
exprimir alegoría, la sacarían dél no
mala.20
Sobre todo en nuestros días, Persiles
y Sigismunda ha sido leído de varias maneras. Casalduero subrayaba
el aspecto universal y veía la obra como la historia de la humanidad
y del hombre vivida en el presente. Del sentido ha dicho también:
en medio del dolor y de las tentaciones del mundo, guiados por la virtud,
depurar nuestra fe para alcanzar el triunfo de la paz para llegar al puerto
seguro.21 Lo ve todo conforme con los
criterios del Barroco. Juan Bautista Avalle-Arce ha leído el libro
de manera hasta cierto punto parecida, como obra universalista de la
Contrarreforma. Propone además que el concepto de la Gran Cadena del
Ser impregna toda la historia.22
Alban Forcione también lo ha interpretado
de manera no muy lejana de Casalduero. Pero elabora la alegoría de
modo más completo y detallado.23 Lo
ve como romance de búsqueda arquetípica, animado por
el espíritu ortodoxo del cristianismo. El Hombre Caído va errando
por el mundo desordenado, y luego, expiado, renace. Este movimiento mítico
corre parejas con la trama central mientras las aventuras repiten el diseño
de la búsqueda general. Como Casalduero y Avalle-Arce, Forcione encuentra
en el Persiles la expresión de unas grandes verdades claras
y bien definidas en contraste con el Quijote.
La interpretación más radicalmente
nueva es la de Diana de Armas Wilson en un estudio reciente y
penetrante.24 Descarta la lectura universalista
a favor de otra más particularizada y más humanizada. Ve en
el Persiles una poética de diferencia
sexual,25 una obra que expone la
situación de la mujer en la sociedad patriarcal del siglo 17. La
bárbara comunidad antropófaga que trafica en mujeres, descrita
20 El
Pinciano, Philosophia, t. 3, 167.
21 Casalduero,
Sentido, 227.
22 Avalle-Arce,
Persiles, introducción, 20-2.
23 Alban K.
Forcione, Cervantes' Christian Romance. Princeton, N. J.: Princeton
University Press, 1972.
24 Diana de
Armas Wilson, Allegories of Love. Cervantes's Persiles and Sigismunda.
Princeton, N. J.: Princeton University Press, 1991.
25 Wilson,
Allegories, xiii.
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en el libro primero, es una representación grotesca de ciertas costumbres,
tradicionales del patriarcado, por
ejemplo.26 Se demuestra la complejidad y
riqueza mitológica de la historia de Feliciana de la Voz, donde se
combinan las imágenes de la Virgen Madre y de la Mujer
Caída.27 Todo esto resultará
persuasivo para algunos y muy discutible para otros. Lo que no se puede negar
es que, como dice Diana Wilson, las novelitas episódicas interrumpen
el movimiento de la narrativa principal hacia el casamiento. Episodios de
adulterio y de celos, de traición, de honor y venganza se introducen
a contrapunto con la narración de los trabajos y conducta ejemplar
de los amantes cristianos. El tema general de la violencia y el desorden
de estos episodios se presenta como tan en contraste con el ejemplo de
Periandro-Persiles y Sigismunda-Auristela que su pertinencia temática
no se puede poner en duda.
Finalmente, hago mención breve del estudio
muy reciente de Maurice Molho. Se trata de la introducción a su
edición y traducción francesas del Persiles, publicada
en 1994.28 Para él, la última
obra de Cervantes ofrece esencialmente una dialéctica de la violencia
y el desorden por un lado, y la sabiduría por otro. Se expresa por
las voces de ciertos personajes, que incluyen las de Periandro y de los sabios
astrólogos. Molho pone en duda la expresión incontrovertible
de ciertas no todas las grandes verdades ortodoxas expuestas
en la obra, según críticos anteriores. Subraya algunas
discordancias y ambigüedades. Por ejemplo, aunque la fe de Auristela
sea indudable, es cierto que en su principio la peregrinación a Roma
es un pretexto.29 Se puso en obra por ofrecer
una vía de escapar de la presencia del príncipe Magsimino,
hermano mayor de Persiles y competidor por el amor de Sigismunda. De esta
peregrinación surgen los nombres falsos y la ficción de la
hermandad de los amantes.
No es mi intención discutir los méritos comparativos de estas interpretaciones. Sólo quiero subrayar que más que cualquier otra obra suya, el Persiles parece pedir una lectura metafórica por encima de una lectura literal. Cervantes no introduce nuevas dimensiones metaficticias en el Persiles tal como lo hace en Don Quijote y en el Coloquio de los perros. En su última obra se trata de una forma literaria establecida, sujeta a ciertas convenciones relativamente formulaicas.
26 Wilson,
Allegories, 110-22.
27 Wilson,
Allegories, 200-20.
28 Véase
arriba la nota 18.
29 Molho, Les
Travaux, préface, 40-3.
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Sin llegar a desintegrarla, y sin caer en la parodia, consiguió combinar
el romance griego al estilo de Heliodoro, admirado de todos los lectores
cultos, con la novela corta a la que estaba siempre aficionado. Y de tal
manera que se aumentaran la potencia y el compás metafóricos
del libro.
Las innovaciones de las dos obras examinadas
tienen al parecer poco en común, con una excepción importante.
Esta es la interrupción de la narrativa central. En el Coloquio
esto se efectúa por la intervención de un comentario crítico
y digresivo en forma de diálogo. En el Persiles
la interrupción se realiza por medio de una sucesión de historietas
con nuevos personajes, cuyos sucesos pueden relacionarse de alguna manera
ejemplar, incluso por contraste, con la narrativa central. En ambas obras
se trata de ensanchar el ámbito de la narración hasta
el punto, quizás, de poner a riesgo las mismas ideas de
centralidad y hasta de narración. Pero éstos
son problemas para otra ocasión. Problemas planteados por un escritor
que siguió siendo lector atento y aficionado a la literatura antigua,
y experimentador incansable, hasta el último día de su vida.
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Prepared with the help of Sue Dirrim |
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| Fred Jehle jehle@ipfw.edu | Publications of the CSA | HCervantes |
| URL: http://www.h-net.org/~cervantes/csa/artics97/riley.htm | ||